70_Tormenta de espadas_Tyrion X
—Quiero que lo digas. Era Elia de Dorne.
La Montaña bufó con desprecio y avanzó... y en ese momento el sol irrumpió entre las nubes bajas que habían ocultado el cielo desde el amanecer.
«El sol de Dorne», dijo Tyrion para sus adentros, pero fue Gregor Clegane el primero que se movió para dejar el sol a su espalda. «Es estúpido y brutal, pero tiene los instintos de un guerrero.»
La Víbora Roja se agachó con los ojos entrecerrados y volvió a atacar con la lanza. Ser Gregor intentó cortarla, pero aquello no había sido más que una finta. Perdido el equilibrio, trastabilló y dio un paso.
El príncipe Oberyn inclinó su abollado escudo de metal. Un dardo de luz solar lanzó su destello cegador, se reflejó sobre el oro y el cobre pulidos y entró por la estrecha ranura del yelmo de su enemigo. Clegane levantó el escudo para cubrirse del resplandor. La lanza del príncipe Oberyn se movió como un relámpago y encontró el espacio desprotegido de la pesada armadura, la articulación bajo el brazo. La punta atravesó la malla y el cuero endurecido. Gregor soltó un rugido gutural cuando el dorniense hizo girar la lanza antes de tirar de ella para liberarla.
—¡Elia, dilo, Elia de Dorne! —Daba vueltas en torno a él, con la lanza preparada para asestar otro golpe—. ¡Dilo!
Tormenta de espadas
Tyrion X
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