72_Tormenta de espadas_Jaime VIII
Los rubíes centellearon a la luz. Cogió el tesoro con timidez, cerró los dedos en torno al puño de cuero y, muy despacio, desenvainó la espada. Las ondulaciones brillaban de color sangre y negro. Un dedo de luz se reflejaba a lo largo del filo.
—¿Es acero valyrio? Nunca había visto colores así.
—Ni yo. Hubo un tiempo en el que habría dado la mano derecha por esgrimir una espada como ésta. Parece que lo he hecho, pero conmigo estaría desperdiciada. Es para vos. —Siguió hablando antes de que Brienne tuviera ocasión de rechazarla—. Una espada así tiene que tener nombre. Me complacería mucho si la llamarais Guardajuramentos.
Tormenta de espadas
Jaime IX
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