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Mostrando entradas de diciembre, 2025

33_Tormenta de espadas_Samwell II

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  —No —rugió—. No te sentarás. Nadie que me llame tacaño duerme bajo mi techo ni come de mi mesa. Fuera de aquí, tullido. Y tú, y tú, y tú. —Señaló con el hacha al Daga, a Garth y al otro Garth—. Fuera todos a dormir al frío, con las barrigas vacías, o si no...  —¡Bastardo de mierda! —oyó Sam maldecir a uno de los Garth; nunca llegó a saber cuál.  Craster barrió platos, carne y copas de vino de la mesa con el brazo izquierdo, mientras alzaba el hacha con el derecho.  —¿Quién se ha atrevido a llamarme bastardo? —rugió. Tormenta de espadas Samwell II

32_Tormenta de espadas_Tyrion IV

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                                          —  Tienen una belleza ominosa... y hacen que esta hoja sea única. Seguro que no hay una espada igual en todo el mundo.  —Sí la hay. —El armero se inclinó sobre la mesa, abrió los pliegues de la tela encerada y dejó al descubierto una segunda espada.  Tyrion puso la espada de Joffrey en la mesa y cogió la otra. Si no eran gemelas, se trataba al menos de primas hermanas. La segunda era más gruesa y pesada, casi un dedo más ancha y cuatro dedos más larga, pero las líneas limpias y esbeltas eran las mismas, así como aquel color tan característico, las ondulaciones de sangre y noche. Tormenta de espadas Tyrion IV

31_Tormenta de espadas_Jaime IV

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                   Qyburn lo miró a los ojos. Viera lo que viera en ellos, lo hizo meditar un instante.  —Muy bien. Cortaré la carne podrida y nada más. Trataré de quemar la podredumbre con vino hirviendo y una cataplasma de ortigas, mostaza en grano y moho del pan. Tal vez baste con eso, ya que estáis tan determinado. Os daré la leche de la amapola...  —No . —Jaime no se atrevía a permitir que lo durmieran. Pese a las promesas del hombre, al despertar podía encontrarse sin brazo.  —Os dolerá. —Qyburn se quedó boquiabierto.  —Gritaré.  —Os dolerá mucho.  —Gritaré muy fuerte. Tormenta de espadas Jaime IV

30_Tormenta de espadas_Jon IV

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                                                                                                             ... —  No tengas miedo.  La rodeó con un brazo. Ygritte le dio un palmetazo en el pecho con tanta fuerza que le escoció a pesar de las capas de lana, mallas y cuero grueso.  —No tenía miedo. No sabes nada, Jon Nieve.  —Entonces, ¿por qué lloras?  —¡No es por miedo! —Dio una patada salvaje al hielo que tenía bajo los pies y arrancó un pedazo—. Lloro porque no encontramos el Cuerno del Invierno. ¡Abrimos medio centenar de tumbas, dejamos todas esas sombras sueltas por el mundo y no encontramos el Cuerno de Joramun para derribar  este maldito muro! Tormenta de espadas Jon.IV

29_Tormenta de espadas_Arya V

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  No se quedaban mucho tiempo en la sala común, ni siquiera cuando Tom sacó la lira y empezó a cantar «Seis doncellas en un estanque». Los escalones de madera eran viejos y empinados, y crujían cada vez que uno de los hombres se llevaba a una chica al piso superior.  —Seguro que esto es un burdel —le susurró a Gendry.  —Y tú qué sabes qué es un burdel.  —Lo sé —se empeñó ella—. Es como una taberna, pero con chicas.  —Entonces, ¿qué haces tú aquí? —El muchacho se estaba poniendo colorado otra vez—. Un burdel no es lugar para una niñata de noble cuna, eso lo sabe cualquiera. Tormenta de espadas Arya V

28_Tormenta de espadas_ Sansa III

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  La ceremonia transcurrió como en sueños. Sansa hizo todo lo que se le pidió. Hubo oraciones, votos y cánticos; las velas ardieron con un centenar de lucecillas danzarinas que las lágrimas de sus ojos transformaron en un millar. Por suerte nadie pareció darse cuenta de que estaba llorando allí de pie, envuelta en los colores de su padre; o, si se dieron cuenta, disimularon. Le pareció que el momento del cambio de capas había llegado muy pronto. Tormenta de espadas Sansa. III

27_Tormenta de espadas_Daenerys III

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                              El humo gris brotaba de sus fauces abiertas, y el largo cuello se curvaba y estiraba mientras lanzaba dentelladas al rostro del esclavista.  «Es hora de cruzar el Tridente», pensó Dany. Dio la vuelta y regresó a lomos de su plata. Sus jinetes de sangre cerraron filas en torno a ella.  — Tenéis problemas —observó. — No quiere venir —dijo Kraznys.  —Hay un motivo. Los dragones no son esclavos.  Y, con todas sus fuerzas, le cruzó la cara con la fusta al traficante. Kraznys gritó y se tambaleó, la sangre le corrió roja por las mejillas y le empapó la barba perfumada. Un golpe de los dedos de la arpía le había destrozado los rasgos, pero Dany no se entretuvo a contemplar la ruina de aquel rostro.  —Drogon —cantó en voz alta con dulzura, todos los temores ya olvidados—. Dracarys. Tor menta de espadas Daenerys III

26_Tormenta de espadas_Jon III

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  —¿Cuántos cuervos hay en los castillos? —preguntó Styr.  —En el Castillo Negro, unos quinientos. En la Torre Sombría serán doscientos, y en Guardiaoriente, alrededor de trescientos.   Jon estaba exagerando al menos en trescientos el número de hermanos.  «Ojalá todo fuera tan sencillo...»  —Está mintiendo —dijo Jarl, que no se había dejado engañar, a Styr—. O eso o mete en la cuenta los que murieron en el Puño.  —Cuervo, no te confundas —le advirtió el Magnar—, yo no soy Mance Rayder. Si me mientes, haré que te corten la lengua. Tormenta de espadas Jon.III