31_Tormenta de espadas_Jaime IV
Qyburn lo miró a los ojos. Viera lo que viera en ellos, lo hizo meditar un instante.
—Muy bien. Cortaré la carne podrida y nada más. Trataré de quemar la podredumbre con vino hirviendo y una cataplasma de ortigas, mostaza en grano y moho del pan. Tal vez baste con eso, ya que estáis tan determinado. Os daré la leche de la amapola...
—No. —Jaime no se atrevía a permitir que lo durmieran. Pese a las promesas del hombre, al despertar podía encontrarse sin brazo.
—Os dolerá. —Qyburn se quedó boquiabierto.
—Gritaré.
—Os dolerá mucho.
—Gritaré muy fuerte.
Tormenta de espadas
Jaime IV

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