81_Tormenta de espadas_Epílogo
No podéis probar nada contra mí. La Boda Roja fue cosa de mi padre, de Ryman y de Lord Bolton. Lothar preparó las tiendas para que se derrumbaran y situó a los ballesteros en la galería con los músicos, Walder el Bastardo iba al frente de los que atacaron los campamentos... Id a por ellos, no a por mí, yo no hice más que beber vino... ¡no tenéis testigos!
—Da la casualidad de que en eso os equivocáis. —El bardo se volvió hacia la mujer encapuchada—. ¿Mi señora?
Los bandidos abrieron paso para que se acercara sin decir palabra. Cuando se quitó la capucha, Merrett sintió que algo le atenazaba el pecho y se quedó un momento sin respiración.
«No. No es posible, la vi morir. Estuvo muerta un día y una noche antes de que la desnudaran y tiraran su cadáver al río. Raymund le rajó el cuello de oreja a oreja. Estaba muerta.»
La capa y el cuello de la túnica ocultaban el tajo que le había hecho la daga de su hermano, pero tenía el rostro aún peor de lo que recordaba. En el agua, la carne se había vuelto blanda como un flan y tenía el color de la leche cortada. Había perdido la mitad del pelo y el resto se le había vuelto blanco y quebradizo como el de una vieja. Bajo el maltratado cuero cabelludo, el rostro era un amasijo de piel desgarrada y sangre negra allí donde ella misma se lo había destrozado con las uñas. Pero los ojos eran lo más espantoso. Los ojos lo veían y lo odiaban.
Tormenta de espadas
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