15_Tormenta de espadas_Jon II
—Mi señor... —Jon tenía la garganta seca—. ¿Qué...?
—No soy tu señor —replicó Mance—. Y no creo que haga falta explicar el «qué». Tus hermanos han muerto. La pregunta es, ¿cuántos eran?
A Jon le palpitaba el rostro; la nieve caía sin cesar. Le costaba mucho pensar... «No importa qué te exijan, no puedes negarte», le había dicho Qhorin. Las palabras se le trababan en la garganta, pero hizo un esfuerzo supremo y las pronunció.
—Éramos trescientos.
—¿Éramos? —restalló Mance.
—Eran. Eran trescientos. —«No importa qué te exijan», le había dicho Qhorin. «Entonces, ¿por qué me siento como un cobarde?»—. Doscientos del Castillo Negro y un centenar más de la Torre Sombría.
—Ésa es una canción mucho más interesante que la que me cantaste en la tienda. —Mance miró a Harma Cabeza de Perro—. ¿Cuántos caballos hemos encontrado?
—Más de cien —replicó la mujer corpulenta—. Menos de doscientos. Hay más muertos hacia el este; están cubiertos de nieve, no se sabe cuántos son.
Tras ella estaba su portaestandarte, que llevaba un asta con una cabeza de perro clavada en la punta. Era tan reciente que todavía chorreaba sangre. —No deberías haberme mentido, Jon Nieve —dijo Mance.
Tormenta de espadas

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