34_Choque de reyes_Jon IV
A menos de medio metro de profundidad rozó un tejido con los dedos. Había esperado y había temido encontrar un cadáver, pero era otra cosa. Oprimió la tela y palpó las formas pequeñas y duras que había debajo. No cedían. No había hedor a podredumbre, ni gusanos. Fantasma retrocedió y se sentó sobre los cuartos traseros sin dejar de observarlo.
Jon apartó la tierra suelta para dejar al descubierto un fardo redondeado, como de dos codos de diámetro. Metió los dedos por los bordes para soltarlo. Lo que había dentro se movía y tintineaba. «Un tesoro», pensó, pero lo que palpaba no tenía forma de moneda, ni sonaba como el metal.
El fardo estaba atado con cuerdas. Jon desenfundó la daga y las cortó, buscó las esquinas de la tela y abrió el paquete. El contenido se desparramó por el suelo; tenía un brillo negruzco. Vio una docena de cuchillos, cabezas de lanza en forma de hoja y muchas puntas de flecha. Jon cogió una hoja de daga, ligera como una pluma, negra brillante, sin puño. La luz de la antorcha iluminó su filo con una fina línea anaranjada que delataba lo hondo que podía cortar. «Vidriagón. Eso que los maestres llaman obsidiana.»
Choque de reyes

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