20_Juego de tronos_Eddard IV

 

 

Junto a la puerta, colgada de una cadena pesada, había una lámpara de aceite muy recargada. El globo que la cubría era de cristal rojo. Ned Stark desmontó hecho una furia.

 
—Un burdel —dijo al tiempo que agarraba a Meñique por el hombro y lo obligaba a girarse—. Me habéis hecho recorrer todo este camino para traerme a un burdel.

 
—Vuestra esposa está dentro —dijo Meñique.

 
—Brandon fue demasiado bueno contigo. —Aquello había sido el insulto definitivo. Estampó al hombrecillo contra la pared, sacó la daga y le puso la punta en la barbilla.
—¡No, mi señor! —exclamó una voz apremiante—. Dice la verdad.

 
Ned se dio la vuelta, con el cuchillo en la mano, y vio a un anciano de pelo cano que corría hacia ellos. Iba vestido con ropas bastas y la papada le temblaba al correr.

 
—No te metas donde no te llaman —empezó Ned; entonces, de pronto, lo reconoció. Bajó la daga, atónito—. ¿Ser Rodrik?

 

Juego de tronos

Eddard. IV

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